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Santa Fe a un empate de la final luego de vencer al Tolima en Ibague.

Santa Fe no necesita ser una máquina de ataque. Se conforma con una pelotica quieta que le quede. Eso es suficiente. Eso es letal. Esta vez, esa arma, que más parece un ritual cardenal, llegó en un tiro de esquina. Wilson Morelo no tuvo que desmarcarse, porque nadie lo marcaba. Recibió la dócil pelota, la primera que le llegó en todo el partido, y remató con la precisión, la tranquilidad y la paciencia de los goleadores. ¡Pum! Seco. Ese remate fue suficiente: 0-1.

Tolima debió pasarse los últimos días practicando, una y otra vez, mil veces, cómo evitar ese ataque de Santa Fe, el de la pelota quieta. Y también debió ver el video una y mil veces. Sus defensas debieron llegar a este partido con la jugada entrenada de memoria, seguro. Y sin embargo, así le ganó Santa Fe el partido de ida de la semifinal, en Ibagué.

Dos veces el equipo cardenal le anunció al Tolima, antes del gol. Lo hizo como para que quedara claro que para los cardenales el juego aéreo no es un arma, sino un arte. Un cabezazo certero de Dairon Mosquera hizo acostar al portero Joel Silva. Y un cabezazo deforme de Víctor Giraldo, casi lo hace volar. Porque la mandó a las nubes. Pero Santa Fe anunció dos veces. 

Cuando Santa Fe va a cobrar un tiro libre o un tiro de esquina, comienza a anticipar el festejo. Basta con ver sus movimientos en el área, cómo se hacen sombras, cómo se mueven liberando marcas, dejando cabeceadores libres. Así llegó ese tiro de esquina. Pajoy fue el cobrador. Iban 11 minutos de la segunda parte. Habían pasado 56 minutos de bostezos. El empate 0-0 parecía irrompible. La pelota viajó de la esquina hacia al área y fue cayendo, pico y llegó al pie de Morelo, como si fuera una atracción de imanes entre el esférico y el goleador. El remate seco de Morelo liquidó el juego. 

El partido salió como se lo pudo haber imaginado cualquier experto, escéptico o desprevenido: fue un partido cerrado, friccionado, con patadas allí y allá, con dos equipos preocupados por no recibir gol y con poca preocupación por hacerlos; un juego trancado, de atacantes fantasmales y de volantes anónimos. La conclusión: triunfo de Santa Fe con gol de pelota quieta. 

No era un juego apto para las faltas cerca a las áreas, se sabía, pero estas abundaron. Tolima también maneja ese juego y en el primer tiempo tuvo dos ocasiones de anotar por esa vía, pero no concretó. 

Santa Fe tuvo su orden, el de siempre, el de cerrarse con sus 10 hombres para respaldar a su portero. Fue desgastado al local, con pataditas sutiles, con presión asfixiante. Tolima, mientras tanto, tuvo su irreverencia suicida. Pero sus expediciones siempre chocaron contra esa muralla.

Solo después del gol de Morelo, el partido cambió. Tolima se lanzó al ataque como si no se jugara el paso a la final sino la vida. Atacó ocn el escurridizo Villa, con el impreciso MArco Pérez, que aún se debe estar lamentando por un remate que desperdició de frente al portero. Tolima buscó el empate, lo intentó, puso en aprietos a Santa Fe, encontró la forma de romper su muralla, pero no el gol.

Santa Fe perdió a su arquero Castellanos por una lesión que parece delicada, y a Wilson Morelo por una impensada molestia. Sin embargo, se fue de Ibagué con la frente en alto y con tres puntos. Otra vez se salió con la suya.

PABLO ROMERO
Redactor de EL TIEMPO
En Twitter: @PabloRomeroET

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Acerca de veedor guacari

Tecnologo industrial universidad Santiago de Cali, guacariceño de nacimiento, padre de familia, estudiante de Ingenieria Ambiental Universidad Nacional de Colombia